sábado, 9 de abril de 2011

Los Timotos, los Incas y el Japón ejemplos para el mundo de sociedades resilientes








Los Timotos, los Incas y el Japón ejemplos para el mundo de sociedades resilientes  

   Sólo se puede entender un sistema observando el
Conjunto  y no solo una de sus partes.
Senger, (citado en Marinoff, L. 2000.) Más Platón y menos Prozac.


Desde tiempos primitivos el hombre ha tenido que enfrentar la adversidad. Su vulnerabilidad ante diversas situaciones ha quedado demostrada en lo que tiene que ver con las condiciones geográficas y ambientales de un hábitat difícil y las diversas formas creativas con que el hombre ha respondido ante estos retos, demostrando su gran potencial humano para adaptarse al medio, transformándolo de acuerdo con sus necesidades e intereses. Por ejemplo, ante las inclemencias del frío el hombre utilizó las pieles de animales como abrigo, frotando dos piedras descubre el fuego y con él sus diversas utilidades, que  van desde el calentamiento en los días de intenso frío, hasta el cocimiento de los alimentos y por si fuera poco su utilización para el fundimiento de ciertos metales.  Esto último supone para algunos antropólogos como Beals y Hoijer (1981) una fase de gran desarrollo cultural en la historia de la humanidad. Por ello, estos autores comentan:
Que el ser humano en su devenir histórico va comprendiendo la necesidad que tiene de agruparse con otros, con el fin de organizarse y ayudarse mutuamente dejando atrás su vida errante, solitaria y nómada para así hacerse sedentario, comunitario, tribal y de esta manera poder trabajar en conjunto, al mismo tiempo que le permitía defenderse de los ataques de otras comunidades o tribus.  Ya no utiliza las cuevas como refugio sino que al hacerse sedentario necesita de un aposento seguro y estable, para ello se vale de los recursos que le ofrece la naturaleza realizando de manera artesanal sus viviendas adaptándolas claro está a su medio, estas van desde un iglú hasta una choza. (p. 119).

Ante esta vulnerabilidad al espacio geográfico el individuo no solo demostró que era capaz de enfrentarlo y superarlo, sino que incluso desarrolló un cúmulo de experiencias, saberes y vivencias llamadas hoy cultura.
Según Tornell (1976) en ciertas cuevas de Europa han quedado vestigios de grabados en piedra (arte rupestre) y petroglifos donde quedó marcado su paso y su interpretación del mundo y de las cosas.  Algunas veces la intención de las pinturas o grabados era identificar al animal que se quería poseer, en otros casos el hombre o la mujer sedentaria hacían formas abstractas o estilizadas más bien con funciones simbólicas.
Si nos remontamos a la realidad prehispánica vamos a encontrar grandes testimonios de esa valentía interior para superar las desventajas. El primero de éstos tiene que ver con el supuesto origen del hombre americano, algunos teóricos sostienen que el indígena no es autóctono de América.  Las teorías de Alex Hrdlicka y Paúl Rivet proponen diferentes orígenes del hombre americano.
Para Mcnall (1983) “La teoría hasta ahora más aceptada supone que la vía de penetración más segura de éstos fue el estrecho de Bering por lo que el hombre americano no es autóctono” (p.85); es decir, no evolucionó ni apareció en América, inmigró hacia ese lugar.  Es imposible entonces dejar de imaginar todo lo que estos seres tuvieron que desafiar para poder vencer los contratiempos que se le presentaban en un mundo carente de ciencia y tecnología donde su principal instrumento era la capacidad de invención, la fortaleza, la valentía y la autonomía para colocarse al frente de las vicisitudes reinantes.
Para un estudioso del tema como Salcedo (1985) “Algunos indios mostraban un espíritu taciturno, reservado, apesadumbrado, un ser nostálgico y no enteramente adaptado al trópico”. (p.272). Dichas implicaciones psíquicas estarían relacionadas con un determinismo geográfico a la adaptación del indio a un medio natural extraño.  Sin embargo esta presunción deja de cobrar fuerza cuando leemos las características de las diferentes culturas precolombinas y sus diferentes grados de desarrollo, resultando así un hecho interesante que no todos los  indígenas respondían de igual manera ante las situaciones de riesgo de un hábitat que le era intrincado, diferente y desconocido.  En este sentido hablar del indígena en América es hacer referencia a la heterogeneidad, pluralidad y diversidad de los mismos.
A propósito de esto Villanueva (2002) refiere: “Ya en tiempos anteriores a Colon, este continente era tierras de contrastes: Desde pueblos nómadas y cazadores de la pradera Norteamericana y la Selva Amazónica hasta esplendorosas, lujosas y populares ciudades en Centroamérica y los Andes Suramericanos”. (p. 174).
No cabe duda que cuando los españoles llegaron a estas tierras, encontraron nativos en todos los niveles de desarrollo desde los más primitivos cazadores, recolectores y pescadores hasta los más adelantados capaces no sólo de hacer imponentes palacios, redes de acueductos y alcantarillados sino también delicadas operaciones craneanas.  En consecuencia Beals y  Hoijer (1981) afirman que los Incas heredaron a la América un ejemplo invaluable de administración comunitaria que aún hoy asombra al mundo.
Quienes han leído con minucioso interés la cultura Inca han quedado maravillados ante lo que como pueblos estos fueron capaces de lograr: Derrotar el hambre y la angustia del mañana gracias a su excelente organización y disciplina en el trabajo. Ante éste hecho Villanueva (2002) expresa:
Cuentan los cronistas españoles que, al invadir el imperio de los Incas no encontraron ladrones, ni hombres viciosos u holgazanes, ni mujeres adulteras y los hombres tenían trabajos provechosos y honestos. Conocieron de la medicina preventiva a través del conocimiento de las diferentes hierbas.  En medicina curativa fueron cirujanos expertos.  De hecho en el museo de Lima se exponen multitudes de cráneos trepanados. (p. 186).

Eran tan adelantados que aún y cuando la topografía del Perú es eminentemente abrupta éstos construían carreteras y aposentos que les servían para acampar y descansar en los días de agotador viaje. Otras culturas con terrenos más planos no alcanzaron éste florecimiento.
Si de la cultura Prehispánica Venezolana se trata, algunos historiadores como: Salcedo (1985), Brito (1979), Rojas (2003) sostienen que no todos tenían las mismas características físicas, ni de organización política y social.  Nunca existió el indio venezolano como tipo común y homogéneo.
Dentro de estos términos, es más exacto hablar en plural de indios venezolanos siempre con una idea general que encierra diversidad y heterogeneidad.  No olvidando como argumento fundamental de la antropología que aunque la especie humana sea una sola entre ellas hay claras y notorias diferencias.  Razón por la cual Salcedo (ob. cit) comenta que “Entre los indios que habitaban el Territorio de Venezuela habían diferencias en los matices de la piel, en la talla, la forma del cráneo, de los ojos y de los labios”. (p. 269).
De allí  que la etnología moderna los clasifique por áreas culturales.  En consecuencia el tema que aquí nos interesa mencionar, es que precisamente los más adelantados eran los que estaban ubicados en la Región Andina (Táchira, Mérida y Trujillo) conocidos como los Timotocuicas, mientras que los más atrasados eran los que ocupaban la región de Los Llanos, que apenas eran recolectores, cazadores y pescadores.  No por casualidad algunos de manera jocosa, describen al andino como una persona de inteligencia vivaz, trabajador y disciplinado donde incluso varios de éstos han asumido en diferentes periodos constitucionales la Presidencia de Venezuela; (los andinos al poder) representados en: Cipriano Castro, Marco Pérez Jiménez, Eleazar López Contreras, Isaías Medina Angarita, Carlos Andrés Pérez, quizás habilidades éstas generadas de sus antepasados: los Timotocuicas. De éstos últimos Brito (1979) expresa:
La agricultura de los timoto es la forma de actividad más avanzada que se observa en los primitivos pobladores del territorio venezolano. Construían muros de piedra en las faldas de sus montañas para retener la tierra vegetal a manera de terrazas que mantenían bajo cultivo. Así mismo labraban la tierra utilizando estanques o lagunas artificiales hechas con agua traída de lejos y construidas en puntos a propósito y con cierto arte desde vallados de piedras y barro hasta muros de contención para detener las aguas pluviales. (p. 23).

Para la investigadora  lo maravilloso de este relato está en que precisamente los indios más adelantados eran los que más tuvieron que enfrentar las condiciones adversas de su medio geográfico, ya que los Incas (del Perú) y Timotocuicas (Región Andina Venezolana) estaban ubicados en zonas montañosas de difícil acceso, donde el clima era extremadamente frío debido a su posición altitudinal.  Sin embargo, los indios del área Andina Venezolana crearon lagunas artificiales que construían con sus propios brazos, subiendo grandes alturas.  Éstas eran utilizadas para regar un cultivo de extremo adelanto a tal punto que fue incluso imitado por isleños que vinieron en tiempos perejimenistas a nuestro país. Mientras que los recolectores, cazadoras y pescadores de los Llanos que contaban con una tierra cultivable de tipo A1, con un clima más  cálido y favorecedor, así como con un terreno de extrema planicie eran los más atrasados. 
Aquí es donde entra en juego el dilema de la resiliencia, donde los peores momentos y las situaciones más difíciles parecieran ser las mejores.  Será acaso ¿Qué la adversidad resultó para algunas culturas un desafío para desarrollar y potenciar sus habilidades?   ¿Su éxito tendrá que ver con la capacidad de organizarse, ayudarse y compensarse unos a otros? Tomando en consideración que los Timotocuicas eran sedentarios y tenían por tanto una excelente organización familiar y social, denominados por algunos como Barudy (1998) fuentes de apoyo externo resiliente.  Lo cierto es que éstos son ejemplo histórico de fortaleza, iniciativa, creatividad y trabajo en equipo características estas asumidas por diversos autores (Melillo y Suárez, 2004; Kotliarenco y Cáceres, 1994; Barudy y Dantagnan, 2005) como pilares de la resiliencia. 
A esta raza de hombres valientes les tocó asumir una nueva afrenta: El proceso de conquista y colonización.  El indio no acostumbrado a los trabajos forzados, con una riqueza lingüística y cultural, con una especial cosmovisión del mundo, le impusieron a la fuerza una religión, un lenguaje, una creencia, una nueva situación. La de ser esclavo, perdiendo así su libertad, grande e indómita como es América. Ante este hecho la población indígena fue excesivamente diezmada, fenómeno éste que llevó a  Salcedo (ob. cit) a puntualizar “Esta disminución poblacional no sólo se debió a factores negativos como la catástrofe social de la conquista, esclavización y servidumbre sino también a factores positivos como su fusión con otras razas”. (p. 271).
Éste último hecho resultó ser una respuesta resiliente ante los desafíos de un proceso de colonización que exigía del indígena una postura diferente, dando como resultado ese sincretismo cultural, así como ese conjunto de matices y colores que definen al venezolano reconocido en el mundo entero por sus mujeres bellas como consecuencia, de esa vasta riqueza mestiza.  No sólo América fue ejemplo de altas manifestaciones resilientes, la Alemania Nazi nos conmueve con ejemplos de personas que en situaciones de guerra, sucesos traumáticos y catastróficos demostraron una gran capacidad para afrontar los problemas y al mismo tiempo fortalecerse de esa fatal experiencia.
A propósito de esto Villanueva (ob. cit) apunta: el régimen de Hitler desató una furiosa y cruel persecución contra los judíos en campos de concentración, crematorios, cámaras de gases y otros siniestros.  Entonces: ¿Cómo  resurgió Alemania después de haber enfrentado tan fatal experiencia? ¿Por qué algunos judíos perseguidos por los nazis no se dejaron amilanar, ni derrotar tan fácilmente? ¿Qué hizo a Víctor Frankl y Ana Frank (judíos) tener una visión esperanzadora, renacedora y optimista ante las situaciones más horrendas? Japón es otro ejemplo interesante de ser considerado ya que el mismo sufrió los embates de la bomba de Hiroshima siendo un país tan pequeño, sin grandes recursos económicos además de  sísmico y sobre poblado, logró ser  una potencia mundial.  Estos logros no sólo han estado dirigidos al aspecto económico y tecnológico sino que su cultura es un legado de altos valores como el trabajo, la cooperación y la excelencia.
La interrogante: ¿Será Japón sin saberlo un país Promotor de Resiliencia? ¿Qué características podrían tener en común países como Japón, con culturas como los Incas y Timotocuicas?
Dichas incógnitas además de permitirnos una visión global para éste estudio, podrían resultar punto de interés para quienes deseen ahondar en este tema.
De hecho hoy se habla no sólo de individuos resilientes, también de países, culturas, escuelas, docentes, gerentes y hasta comunidades promotoras de resiliencia.

2 comentarios:

  1. Profesora Lis: Excelente ejemplo de investigación monográfica...Felicitaciones.

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  2. Tengo el 99.9% de sangre Inca, y por eso con un nacionalismo etnográfico en mi obra: "Ciencia y Tecnología en el Perú Autónomo", recogo este pensamiento en los términos del Runa Simi: "Yachay, Munay, Llankay y Ayni", cuyo contenido para el presente significa: Toda lección aprendida con mucho sentimiento, en la activa práctica experimental, debe ser entendida, para que sirva con justicia y equidad al trabajo comunitario del presente.
    Esto resume, la escencia del mensaje andino de mi libro y que doy a conocer en 170 páginas de aprendizaje sustentable; vale decir, reivindicar un conjunto de conocimientos técnicos, alimenticios y científicos del antiguo Perú, cuya aplicación en el presente, tienda al bienestar social-económico y de salud, a favor de la comunidad.
    Tomado del Maestro Rómulo Dolores Nolasco (2011) Ciencia y Tecnología en el Perú autónoma. Gonsega. Huaura. p. 8-9

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